Narrativa con Rigor

Aulas hiperconectadas, estudiantes desconectados

El uso excesivo del celular fragmenta la atención, afecta el rendimiento académico transformando la dinámica escolar, mientras especialistas alertan sobre sus efectos emocionales y sociales.

Redacción:

Michelle Suárez Arboleda, Mariana Ayala Álvarez, Amarilis Polanco Zambrano, Karen Choez Menoscal
En las aulas actuales de escuelas, colegios y universidades, el uso de laboratorios con tablet o celulares se ha vuelto habitual como los cuadernos y los lápices, pero su empleo constante está afectando el proceso de aprendizaje. Las notificaciones y el entretenimiento compiten con la atención al docente, fragmentan la concentración y reducen el tiempo efectivo de estudio, convirtiéndose en uno de los principales desafíos del sistema educativo.
El impacto negativo también se refleja en la convivencia escolar. El uso excesivo de los dispositivos disminuye la interacción entre compañeros, fomenta el aislamiento y debilita el trabajo colaborativo, limitando el desarrollo de habilidades sociales fundamentales para la formación integral de niños y jóvenes.
No obstante, especialistas coinciden en que el celular no es negativo por sí mismo. Utilizado con supervisión y fines pedagógicos, puede convertirse en una herramienta valiosa mediante aplicaciones a través de recursos digitales. Sin embargo, su uso descontrolado puede perjudicar el rendimiento académico de los estudiantes. Estas afirmaciones coinciden con criterios de profesionales en psicología, educación y sociología consultados durante esta investigación.

Impacto emocional y social

El psicólogo clínico Marlon Rosales advierte que entregar un celular a un niño implica mucho más que facilitarle un dispositivo tecnológico. “Darle un celular a un niño es darle un estilo de vida; es una forma de crianza que puede limitar su desenvolvimiento en el ámbito social”, señaló el especialista.
Rosales explica que existen tres etapas de la infancia. En la primera y segunda infancia (de 0 a 6 años), los niños se encuentran en pleno proceso de aprendizaje y desarrollo del lenguaje, por lo que se recomienda evitar el acceso al celular y reforzar la autoridad parental mediante explicaciones claras. En la tercera infancia (de 7 a 11 años), considera que puede existir mayor flexibilidad, siempre bajo normas y supervisión.

El especialista añade que los dispositivos móviles no deben convertirse en una necesidad. Recomienda no permitir su uso entre los 0 y 5 años, ya que pueden generar alteraciones del sueño, dificultades emocionales, conductas contrarias a la educación familiar y retrasos en el desarrollo del lenguaje. “El lenguaje se construye a través de la interacción; el celular interfiere en ese proceso”, enfatizó.

Desde la sociología, Carmen Zambrano sostiene que el uso de herramientas digitales se ha normalizado en la sociedad y que no puede catalogarse como completamente bueno o malo. “El reto está en el equilibrio. No se puede prohibir el celular a un niño si los adultos son los primeros en usarlo de forma constante”, explicó. Según la especialista, los niños aprenden más por observación que por imposición, por lo que el entorno familiar y social influye directamente en su conducta.

Zambrano subraya que el medio social impacta en el desarrollo integral del niño y que la responsabilidad no recae únicamente en el hogar. “El uso excesivo del celular perjudica el aprendizaje al disminuir la atención sostenida, reducir el rendimiento académico y generar problemas de conducta, ansiedad y trastornos del sueño. Además, la sobreestimulación de dopamina puede provocar dependencia tecnológica, afectando la memoria y el desarrollo cognitivo”.
Informes del Ministerio de Salud Pública (MSP) indican que la exposición prolongada a pantallas altera los ciclos de sueño, lo que incide negativamente en la consolidación de la memoria. Por su parte, la organización Admira Visión alerta sobre el aumento de casos de miopía infantil debido al uso excesivo de dispositivos y la falta de exposición a la luz natural. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda evitar pantallas en menores de un año y limitar su uso a una hora diaria en niños de 2 a 5 años.
La psicóloga Katty Caguano Chamaida señala que el uso excesivo del celular suele provocar cambios de comportamiento en los niños, como aislamiento, irritabilidad, agresividad y descenso en el rendimiento académico. Además, advierte que la falta de controles parentales y la navegación no supervisada aumentan el riesgo de exposición a contenidos inapropiados para su edad.
Desde la experiencia cotidiana, Nuria Mainato Sánchez, cuidadora infantil, afirma que niños entre 5 y 10 años que pasan demasiado tiempo frente a dispositivos móviles presentan dificultades para compartir, respetar turnos e iniciar conversaciones. “Prefieren la estimulación individual del teléfono, lo que afecta su capacidad para reconocer emociones y cooperar en actividades grupales”, explica.

La psicóloga educativa del Departamento de Consejería Estudiantil (DECE), Diana Ochoa Enríquez, con 13 años de experiencia profesional, destaca que el uso frecuente de celulares ha reducido la práctica de la escritura a mano y el uso del lápiz y papel. Frente a esta realidad, señaló que el DECE trabaja anualmente con las familias en temas relacionados con el uso responsable de la tecnología y el control del tiempo frente a las pantallas.

Ochoa enfatiza que la tecnología no es negativa si está orientada al aprendizaje. Recomienda que los niños no tengan un smartphone propio y que utilicen laptops como herramientas de investigación. En el caso de adolescentes, el celular puede cumplir funciones de comunicación y monitoreo, siempre bajo supervisión adulta.
En la etapa universitaria el uso del celular a veces es necesario y permitido. Sara Martínez, quien estudia abogacía y cursa el cuarto semestre, cuenta que sus docentes sí autorizan que utilicen algún dispositivo para realizar investigaciones. “El problema se presenta cuando algún compañero en lugar de cumplir con el taller se pone a revisar mensajes o las redes sociales y, por eso, a veces limitan el tiempo”.
Si bien la tecnología puede convertirse en una aliada del aprendizaje cuando es utilizada con criterios pedagógicos y supervisión adulta, su uso excesivo y sin límites afecta la atención, la convivencia y el desarrollo emocional de los niños y jóvenes. Frente a esta realidad, especialistas coinciden en que la clave no está en prohibir, sino en educar, establecer normas claras y promover entornos donde el diálogo, el ejemplo y la corresponsabilidad permitan un uso equilibrado de los dispositivos tecnológicos en favor de una formación integral.

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