Entre la necesidad y la espera, miles de personas intentan ganarse la vida sin garantías laborales
Redacción
Elizabeth Zambrano Perero, Rubén Andrade Suarez, Baque Choez Jordy
El trabajo dejó de ser una garantía. Para miles de personas, tener empleo ya no significa estabilidad, sino sobrevivir entre contratos temporales, ingresos irregulares y la amenaza constante de quedarse sin nada. La precariedad laboral se ha vuelto parte del paisaje urbano, especialmente en los barrios donde la informalidad y la violencia conviven a diario. Esta combinación de factores no solo afecta los ingresos familiares, sino que erosiona la estabilidad emocional y la sensación de futuro en una ciudad donde el trabajo dejó de ser sinónimo de seguridad.
Las cifras oficiales confirman esta realidad. Las encuestas laborales muestran que ocho de cada diez nuevos empleos precarios se concentran en las ciudades, una tendencia que ha reducido los ingresos mensuales de miles de hogares y ha incrementado la vulnerabilidad económica. En Guayaquil, esta situación se siente con mayor fuerza en los barrios populares, donde el empleo informal es, muchas veces, la única alternativa.
El impacto de esta inestabilidad va más allá del plano económico. El psicólogo Julio del Junco advierte que la pérdida de empleos formales y el crecimiento del trabajo informal han provocado un deterioro significativo en la salud mental de la población. “La crisis dejó desempleo masivo e informalidad, y hoy vemos altos niveles de ansiedad, estrés y depresión”, señala. Datos del Ministerio de Salud Pública respaldan esta alerta: el 62 % de las personas desempleadas presenta ansiedad severa, pero solo el 28 % accede a atención profesional, principalmente por limitaciones económicas y por el estigma que aún rodea la salud mental.
La geografía de la precariedad también tiene rostro. En el sur de Guayaquil, donde la pobreza y la informalidad se concentran, la violencia se vuelve parte del entorno cotidiano.
Durante 2025, varios acontecimientos profundizaron esta fragilidad laboral. En septiembre, el paro del transporte urbano paralizó la movilidad de la ciudad durante varios días. Miles de personas no pudieron llegar a sus trabajos, el comercio se detuvo y las actividades educativas se vieron interrumpidas. Para quienes dependen del ingreso diario, cada jornada sin transporte significó un día sin comida.
A esta crisis se sumaron los prolongados cortes de energía eléctrica registrados en distintos momentos del año. La Cámara de Comercio de Guayaquil advirtió que cada hora sin electricidad genera pérdidas millonarias, especialmente para pequeños negocios, talleres y servicios, sectores donde predominan relaciones laborales informales y sin protección social. Para muchos trabajadores, la falta de luz implicó cerrar temprano o no abrir, con un impacto directo en sus ingresos.
Las manifestaciones sociales motivadas por ajustes económicos y la eliminación de subsidios también afectaron la dinámica productiva. El cierre de vías y la paralización parcial del comercio redujeron los ingresos de trabajadores independientes y pequeños comerciantes, profundizando la sensación de inestabilidad que atraviesa a la ciudad.
Desde el ámbito económico, el contador jubilado Jorge Ortiz Sierra sostiene que el problema se agrava por la falta de articulación entre el sistema educativo, los programas de capacitación y las necesidades reales del mercado laboral. “Existen capacitaciones, pero no responden a lo que demandan las empresas”, explica. Los datos del INEC refuerzan esta afirmación: menos del 45 % de la población ocupada en Ecuador accede a empleo formal, lo que evidencia que la formación, por sí sola, no garantiza estabilidad laboral. La OIT y diversos análisis empresariales coinciden en que persiste un desajuste estructural entre la oferta educativa y las demandas del mercado.
Paradójicamente, la Encuesta ENEMDU de diciembre de 2025, muestra una mejora general en los indicadores laborales del país. El empleo adecuado o pleno alcanzó el 37,1 %, con un aumento de 4,1 puntos porcentuales respecto a 2024. Sin embargo, la brecha entre el área urbana (46,0 %) y la rural (20,2 %) sigue siendo marcada. Aunque la pobreza por ingresos y la pobreza extrema disminuyeron a nivel nacional, las desigualdades territoriales persisten y afectan con mayor fuerza a los sectores históricamente excluidos.
Detrás de estos números están las historias que rara vez llegan a las estadísticas. El sonido constante de las máquinas en una camaronera, por ejemplo, no siempre es sinónimo de estabilidad. Para muchos trabajadores, ese ruido anuncia empleo solo por temporadas. En Ecuador, cuando el oleaje incrementa la producción, las exportaciones de camarón crecen —entre enero y junio aumentaron cerca del 16 % en volumen y hasta el 20 % en valor—, consolidándose como el principal producto de exportación del país. Pero ese crecimiento no se traduce en derechos laborales.
Leyla Andrade, de 24 años, madre soltera y profesional graduada, conoce bien esa dinámica. Ingresó a trabajar a inicios de 2025, pero en abril fue despedida junto a decenas de compañeros por la baja producción. Sin empleo, comenzó a fabricar letras y figuras de fomix para subsistir. El ingreso era mínimo, pero constante. Meses después, con el repunte productivo, la empresa la volvió a llamar. Regresó al mismo puesto, sin contrato fijo y con jornadas de hasta 12 horas de pie. “Aceptar no fue una elección, fue una necesidad”, resume.
La historia se repite. Néstor Arreaga, de 22 años y padre de una niña pequeña, también fue contratado y despedido bajo la misma lógica. Tras su desvinculación, trabajó como ayudante de albañil en su barrio. No era su oficio, pero era la única opción. Hoy volvió a la camaronera, consciente de que su permanencia depende más del comportamiento del mar que de sus derechos laborales. La incertidumbre, dice, pesa tanto como el cansancio físico.
La precariedad tampoco se limita al sector industrial. Juan Francisco Sánchez mantiene abierta su tienda gracias al trabajo agrícola de su familia. Cada semana recibe frutas y vegetales desde el campo para abastecer el negocio. Sin embargo, durante el paro nacional, el cierre de vías interrumpió el traslado de productos, generando pérdidas económicas. A esto se sumó la inseguridad: las amenazas de extorsión se volvieron parte del día a día. Para él, trabajar ya no es solo producir, sino resistir.
Estas historias revelan una realidad estructural: el crecimiento productivo no garantiza estabilidad laboral. La dependencia de factores naturales, la normalización del empleo temporal, la informalidad y la violencia mantienen a miles de trabajadores en una situación de vulnerabilidad permanente. En Guayaquil, la precariedad laboral dejó de ser una experiencia individual para convertirse en un fenómeno sistémico que exige políticas públicas urgentes, orientadas a la protección del trabajador y a la construcción de un empleo digno y sostenible.
Desde las primeras horas de la mañana, el centro de Guayaquil se convierte en un punto de encuentro para quienes buscan trabajo por días. Hombres con brochas gastadas, baldes de pintura o herramientas de albañilería esperan de pie, observando el paso de los autos y de posibles clientes. Ofrecen su oficio con pocas palabras y mucha paciencia: pintar una pared, levantar un muro, reparar una fuga. No hay contratos ni garantías, solo la esperanza de que alguien se detenga y les dé una oportunidad. Para muchos, ese espacio es una oficina improvisada donde el tiempo se mide en miradas esquivas, llamadas que no llegan y la necesidad urgente de llevar algo de dinero a casa antes de que caiga la noche.
“Yo vengo casi todos los días a los bajos de Radio Cristal”, cuenta Fabricio (nombre protegido), pintor desde hace más de quince años. “Aquí uno se para temprano, con la brocha en la mano, esperando que alguien llegue y dé trabajo. A veces sale algo, a veces no. Hay días que regreso a casa sin un centavo, pero igual hay que venir. No tenemos contrato ni seguro, solo la palabra del cliente. Uno trabaja rápido, bien hecho, porque sabe que mañana puede volver a necesitar que lo llamen. Cansa, no solo el cuerpo, también la cabeza, porque nunca sabes si la próxima semana vas a tener para pagar el arriendo o la comida”.
Mientras el trabajo siga siendo una promesa frágil por parte de las autoridades gubernamentales y no un derecho garantizado, miles de personas continuarán levantándose cada día con la esperanza de ser escogidas, aunque sea por unas horas, para poder seguir adelante.
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